
En una oscura y tormentosa noche de invierno, cuando la luna nueva era imperceptible en el cielo y las estrellas se alineaban de forma caprichosa, en el humilde distrito de los artesanos de la gran ciudad de Suzail nacieron dos mellizos, Adher y Adra hijos de Burkhard Barak y de su bella esposa Anna.
A muy temprana edad, los dos mellizos empezaron a demostrar aptitud para la magia, sobre todo Adra, que tenía un talento mágico innato que le permitía reproducir los hechizos de los magos de las ferias, por lo que pronto fueron invitados a la escuela de magos de guerra.
La vida en la escuela era dura y disciplinada, lo magos de guerra cormyreanos eran gente practica y austera, poco dados al lujo y la elucubración. En cambio Adher buscaba siempre la sutileza, magia que afectara a la propia magia, dominar la intima esencia de la urdidumbre. Las historias de los grandes magos nezerinos, los mitales y las ciudades flotantes que construyeron fascinaban al joven Adher. Sobre todo la historia de Karsus, un mago tan poderoso que suplantó a la propia Diosa de la Magia, en Cormyr se contaba como un ejemplo de la arrogancia humana, pero para Adher, era una indicación del poder que se podía llegar a manejar, tan solo había que saber usarlo …
Al llegar la adolescencia terminaron sus estudios en la escuela, en un simulacro de duelo mágico, un estudiante rival le lanzo un proyectil mágico y por una vez Adher no estuvo lo suficientemente rápido para bloquearlo, el proyectil lo alcanzo y lo lleno de magia, cuando el pobre desgraciado estaba celebrando su victoria en el duelo, una oleada de magia pura, en forma de fuego plateado salio de las palmas de Adher y lo incineró, atravesando todas las protecciones que los instructores habían erigido en la sala. Oficialmente fue un accidente, pero Adher fue expulsado de la escuela de magos.
Con quince años y poco más que un aprendiz, Adher se encontró en las calles de Suzail, su magia no era apta para entretener a los curiosos puesto que nunca fue capaz de crear ilusiones, así que su futuro no era nada halagüeño. Decidió partir hacia el sur, a buscar la lejana Halruei, la tierra de los magos. Como no tenia fondos tuvo que embarcarse como mago en un viejo mercante, su capitán Jovero, un veterano amnita casi tan viejo como su navío, se dedicaba a comerciar con la costa del dragón… y a la piratería cuando la suerte le iba de cara, una desgastada patente de corso firmada por alguno de los azounes autorizaba a Jovero a actuar.
La habilidad de Adher contrarrestando a los magos enemigos le daba ventaja al capitán Jovero y sus matasietes, perdón tripulantes, en los abordajes, y en los dos años que permaneció con ellos viajando por el mar de las estrellas fugaces pudo reunir suficientes monedas para seguir su viaje hacia el sur.
Durante un tiempo vagó por las tierras de Amn, donde pudo corroborar las historias de Maztica que le había contado el viejo Jovero, esa tierra de allende los mares fascinaba al joven Adher casi tanto como aquellos hidalgos y mercaderes que competían en riqueza y poder y se exhibían con joyas caras, ropas lujosas y hermosas mujeres de ojos negros y labios carmesíes.
Era una tierra de promisión, la riqueza fluía en forma de inmensas cantidades de oro, plata y especias desde el oeste y siempre había algún noble intrigante que pagase bien los servicios de un mago experto. Allí vivió casi cinco años, sirviendo en las conspiraciones de las diversas facciones de Amn y cortejando a las hermosas hijas de los nobles, y fue allí donde adopto el uso de las elegantes ropas negras que le darían su sobrenombre así como el hábito de beber una bebida destilada de Nueva Amn. Hasta que un día sus inquietudes le hicieron volver en ponerse en camino hacia el sur, bueno, sus inquietudes y el estoque de un joven noble de Crimmor, que al parecer estaba casado con la hermosa damisela que intentaba galantear.
Tras cruzar Tezir lo más rápidamente posible, perseguido por los parientes del dichoso noble, llego a Puerto Calim, la gran metrópoli, la ciudad de las torres, por aquel entonces, Adher era un hombre joven pero ya era un mago experto. A Shelim Abdelhamid, mago de la corte, le cayo en gracia el joven, arrogante y presuntuoso mago, posiblemente se vio a si mismo en su juventud, y lo tomo como discípulo.
La torre de Shelim se alzaba en medio de un patio de frondosos árboles frutales, recorrido en su totalidad por canales que se entrecruzaban por los que corría el agua fresca. De los cinco pisos de la torre de cúpula dorada, tres estaban ocupados por el harén y uno por los criados de Shelim, quedando el espacio debajo de la gran cúpula reservado para el laboratorio y la sala de invocación, donde Shelim convocaba súcubos al menos una vez al mes para no perder la costumbre. En Puerto Calim la magia era refinada y sutil, herencia de los genios que un vez habían gobernado esta tierra. ¿Halruei? ¿Quién quería ir a Halruei?
Los siguientes siete años fueron los mejores, deleitándose en los refinados y sensuales placeres que le ofrecía Puerto Calim y adentrándose en los secretos de la metamagia y en el control y la dominación de los seres de otros planos que eran convocados casualmente al nuestro, tarea harto difícil que requería una gran resistencia física y mental.
De repente, empezó a tener sueños, solo veía una cueva oscura, extremadamente profunda donde avanzaba un grupo desarrapado guiado por un hombre vestido de Dragón Púrpura, y sentía que su hermana, a la que llevaba quince años sin ver, estaba en un grave peligro. Su hermana Adra, maga de guerra de Cormyr, que había luchado contra las Ghazneth y nunca la había sentido en peligro, ahora estaba amenazada y no sabia porque. De sus estudios y la biblioteca de la torre dedujo que aquella gente se encontraban en un lugar de lo que se llamaba la suboscuridad, al parecer la teleportación no funcionaba en aquellos lares, si quería llegar tendría que caminar desde el portal mas cercano.
El sueño era recurrente, y todas las noches veía a aquellos harapientos avanzar, y sentía que su hermana estaba en un grave peligro. Dejo pasar unos días, una luna para ser exactos, a ver si las pesadillas desaparecían, pero el sueño era persistente y no lo hizo. Así que tras ejecutar unas cuantas adivinaciones para encontrar un portal lo más cerquita posible y despedirse de su amado maestro y de sus queridas concubinas, Adher Barak, conocido por Adher “El Negro” y por otros sobrenombres no tan aduladores, se puso en marcha.
A muy temprana edad, los dos mellizos empezaron a demostrar aptitud para la magia, sobre todo Adra, que tenía un talento mágico innato que le permitía reproducir los hechizos de los magos de las ferias, por lo que pronto fueron invitados a la escuela de magos de guerra.
La vida en la escuela era dura y disciplinada, lo magos de guerra cormyreanos eran gente practica y austera, poco dados al lujo y la elucubración. En cambio Adher buscaba siempre la sutileza, magia que afectara a la propia magia, dominar la intima esencia de la urdidumbre. Las historias de los grandes magos nezerinos, los mitales y las ciudades flotantes que construyeron fascinaban al joven Adher. Sobre todo la historia de Karsus, un mago tan poderoso que suplantó a la propia Diosa de la Magia, en Cormyr se contaba como un ejemplo de la arrogancia humana, pero para Adher, era una indicación del poder que se podía llegar a manejar, tan solo había que saber usarlo …
Al llegar la adolescencia terminaron sus estudios en la escuela, en un simulacro de duelo mágico, un estudiante rival le lanzo un proyectil mágico y por una vez Adher no estuvo lo suficientemente rápido para bloquearlo, el proyectil lo alcanzo y lo lleno de magia, cuando el pobre desgraciado estaba celebrando su victoria en el duelo, una oleada de magia pura, en forma de fuego plateado salio de las palmas de Adher y lo incineró, atravesando todas las protecciones que los instructores habían erigido en la sala. Oficialmente fue un accidente, pero Adher fue expulsado de la escuela de magos.
Con quince años y poco más que un aprendiz, Adher se encontró en las calles de Suzail, su magia no era apta para entretener a los curiosos puesto que nunca fue capaz de crear ilusiones, así que su futuro no era nada halagüeño. Decidió partir hacia el sur, a buscar la lejana Halruei, la tierra de los magos. Como no tenia fondos tuvo que embarcarse como mago en un viejo mercante, su capitán Jovero, un veterano amnita casi tan viejo como su navío, se dedicaba a comerciar con la costa del dragón… y a la piratería cuando la suerte le iba de cara, una desgastada patente de corso firmada por alguno de los azounes autorizaba a Jovero a actuar.
La habilidad de Adher contrarrestando a los magos enemigos le daba ventaja al capitán Jovero y sus matasietes, perdón tripulantes, en los abordajes, y en los dos años que permaneció con ellos viajando por el mar de las estrellas fugaces pudo reunir suficientes monedas para seguir su viaje hacia el sur.
Durante un tiempo vagó por las tierras de Amn, donde pudo corroborar las historias de Maztica que le había contado el viejo Jovero, esa tierra de allende los mares fascinaba al joven Adher casi tanto como aquellos hidalgos y mercaderes que competían en riqueza y poder y se exhibían con joyas caras, ropas lujosas y hermosas mujeres de ojos negros y labios carmesíes.
Era una tierra de promisión, la riqueza fluía en forma de inmensas cantidades de oro, plata y especias desde el oeste y siempre había algún noble intrigante que pagase bien los servicios de un mago experto. Allí vivió casi cinco años, sirviendo en las conspiraciones de las diversas facciones de Amn y cortejando a las hermosas hijas de los nobles, y fue allí donde adopto el uso de las elegantes ropas negras que le darían su sobrenombre así como el hábito de beber una bebida destilada de Nueva Amn. Hasta que un día sus inquietudes le hicieron volver en ponerse en camino hacia el sur, bueno, sus inquietudes y el estoque de un joven noble de Crimmor, que al parecer estaba casado con la hermosa damisela que intentaba galantear.
Tras cruzar Tezir lo más rápidamente posible, perseguido por los parientes del dichoso noble, llego a Puerto Calim, la gran metrópoli, la ciudad de las torres, por aquel entonces, Adher era un hombre joven pero ya era un mago experto. A Shelim Abdelhamid, mago de la corte, le cayo en gracia el joven, arrogante y presuntuoso mago, posiblemente se vio a si mismo en su juventud, y lo tomo como discípulo.
La torre de Shelim se alzaba en medio de un patio de frondosos árboles frutales, recorrido en su totalidad por canales que se entrecruzaban por los que corría el agua fresca. De los cinco pisos de la torre de cúpula dorada, tres estaban ocupados por el harén y uno por los criados de Shelim, quedando el espacio debajo de la gran cúpula reservado para el laboratorio y la sala de invocación, donde Shelim convocaba súcubos al menos una vez al mes para no perder la costumbre. En Puerto Calim la magia era refinada y sutil, herencia de los genios que un vez habían gobernado esta tierra. ¿Halruei? ¿Quién quería ir a Halruei?
Los siguientes siete años fueron los mejores, deleitándose en los refinados y sensuales placeres que le ofrecía Puerto Calim y adentrándose en los secretos de la metamagia y en el control y la dominación de los seres de otros planos que eran convocados casualmente al nuestro, tarea harto difícil que requería una gran resistencia física y mental.
De repente, empezó a tener sueños, solo veía una cueva oscura, extremadamente profunda donde avanzaba un grupo desarrapado guiado por un hombre vestido de Dragón Púrpura, y sentía que su hermana, a la que llevaba quince años sin ver, estaba en un grave peligro. Su hermana Adra, maga de guerra de Cormyr, que había luchado contra las Ghazneth y nunca la había sentido en peligro, ahora estaba amenazada y no sabia porque. De sus estudios y la biblioteca de la torre dedujo que aquella gente se encontraban en un lugar de lo que se llamaba la suboscuridad, al parecer la teleportación no funcionaba en aquellos lares, si quería llegar tendría que caminar desde el portal mas cercano.
El sueño era recurrente, y todas las noches veía a aquellos harapientos avanzar, y sentía que su hermana estaba en un grave peligro. Dejo pasar unos días, una luna para ser exactos, a ver si las pesadillas desaparecían, pero el sueño era persistente y no lo hizo. Así que tras ejecutar unas cuantas adivinaciones para encontrar un portal lo más cerquita posible y despedirse de su amado maestro y de sus queridas concubinas, Adher Barak, conocido por Adher “El Negro” y por otros sobrenombres no tan aduladores, se puso en marcha.

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